Marcy (46)

 

Marcy tenía su tiempo ocupado de la mañana a la noche y tuvo que abandonar las reuniones con sus amigas y espaciar las visitas al hospital. Y esto era lo que peor llevaba de su nueva vida de estudiante.

En cuanto podía, le daba un relevo a su madre para que pudiera ir unas horas a su casa, a descansar. La mujer se pasaba allí, un día detrás de otro, encerrada en el sanatorio.

Cuando llegó Marcy, una de aquellas tardes, después de inscribirse en el máster, su madre estaba con un abanico dándole aire al enfermo, hablándole de cosas que él ni siquiera podría oír.

Amelia dejó lo que estaba haciendo y se acercó a su hija, algo aparte de la cama del enfermo.

–Papá no acaba de recuperarse, hija, todas las tardes está con algo de fiebre y tose mucho.

Amelia estaba nerviosa, con las huellas del cansancio en el rostro.

Lo último que se le ocurriría a Marcy era preocuparla aún más con los problemas de su matrimonio.

Esperaba por todo lo más sagrado que no se hubiera fijado en la falta de la estatuilla de la vitrina del salón de su casa.

Se moría de vergüenza al recordarlo

–¿Y Manele, cariño?, ¿cómo está?, ¿cuándo vuelve a visitaros?

Su madre estaba contenta de que hubiera reemprendido sus estudios, pero siempre le señalaba lo que era lo primero para ella, un marido.

–Está bien, mamá. Ya sabes que va a venir una vez al mes. Todo está bien, no te agobies, que ya tienes bastante para ti.

–Yo creo que no le aciertan a tu padre. El doctor dice cada día una cosa, unas veces me lo pone a la muerte, y si me echo a llorar me dice que no me ponga así, que se va a recuperar algo.

Amelia colocó la punta del dedo índice a su sien haciendo un gesto de tornillo.

–Esto no hay quien lo entienda. ¿Y tú, hija? ¡Te estás quedando en los huesos!

A Marcy se le vino a la mente su cuerpo magullado. Los golpes, al principio rojos, habían ido cambiando de color al morado y luego al amarillo verdoso, estaban tardando en desaparecer. Tenía que usar pantalones y mangas hasta la muñeca para ocultarlos.

–Mami, ¡venga ya!, no empieces.

–Sólo te digo que cuides a tu marido, que no hay otro como él. Y a tus hijos. Que una mujer sin familia no es nada. Y que te cuides tú, que no te cuidas nada.

Le había soltado la retahíla entera.

Se pondría buena si supiera en qué pasos andaba metida.

No quería discutir con ella.

–Vete a casa, ¿vale?  Date una ducha y descansa.

–Te haré caso. Pero voy a traerte un bocadillo así de grande –se señaló la distancia entre la mano y el codo–. Y un bote de vitaminas.

Después de que se fue su madre, se sentó al lado de Arturo y, cuando desistió de obtener respuesta a sus llamadas, sacó una revista para distraerse y se puso a leer sin entender nada.

Su pensamiento volvía una y otra vez a lo mismo.

A que su marido, cuando llamaba por teléfono, hablaba largo rato con los niños y con ella apenas una conversación circunstancial.

Que nunca hizo mención del ramo de flores que ella le había devuelto. Que tampoco hablaron de lo sucedido en la última visita.

Había avisado de que vendría a verles para las vacaciones de pascua y Marcy quería aferrarse a una ilusión, aunque fuera vaga, aunque fuera vana, remota.

Él cambiaría y suavizaría su mal carácter, volverían a ser la pareja enamorada tal como habían sido al principio, con dos hijos que coronaban su felicidad.

Estaba exagerando lo que no eran más que riñas de enamorados, peleas sin importancia que tenía toda la gente en sus casas, a veces la gente que más se quería.

Nada que no pudiera arreglarse con una calurosa y apasionada reconciliación.

 

 

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