statu quo

 

Statu quo: Frase latina que se traduce como estado global de un asunto en un momento dado… en el que un conjunto de factores dan lugar a un cierto equilibrio (statu quo) más o menos duradero en el tiempo…

(Wikipedia)

 

 

. . .

 

 

No, no, no, no.

No, no, no.

No salgas de tu rol.

Para ser popular,

tienes que acatar

la norma del statu quo.

¡Viva el statu quo!

 

(“Stick to the statu quo”, High School Musical Lyrics) 

 

 

 

I

 

  

Desde hacía un tiempo, Marcy tenía la vaga sensación de que algo se había atravesado en su vida y no encontraba la manera de sortearlo.

Había pasado el tiempo, un día con otro, procurando convencerse de que su existencia era tan normal como la de otra cualquiera, pero, de vez en cuando, mientras limpiaba la casa o hacía la comida, no podía evitar aquella aprensión, sobretodo cuando estaba a solas.

Ya se había graduado, se había casado y había tenido sus hijos, ya se había instalado en la vida de una vez, pero no podía sacarse de encima la sensación de que, la suya, era una vida malograda. Prefería no pensarlo. Y si le sobrevenía alguna cavilación mientras repasaba el polvo de los muebles, y le saltaban las lágrimas, se pasaba el trapo sucio por la cara, para secarlas, y a otra cosa.

Su madre ya le había advertido, desde niña, que la vida no era de color de rosa.

Marcy trasteaba en la cocina cuando oyó ruido de llaves en la puerta. En seguida se dio cuenta de que, otro día más, Manele había vuelto a casa enfadado. Cada día había un nuevo motivo para él, las presiones de su empleo, un pequeño accidente con el coche, el mal tiempo o el calor.

Ella estaba alerta a la más mínima señal de advertencia, si hacía más ruido del debido, si protestaba por lo bajo, es que iba a montar bulla.

Marcy ya había cenado con los niños. Él consumió su plato con rapidez y pronto comenzó la discusión, por el café demasiado caliente que Marcy le sirvió después de la cena.

–Esto no hay quién lo tome, ¿cómo hay que decirte que no me gusta tan caliente?

Marcy corrió al fregadero y cambió la bebida de vaso varias veces, alguna gota de líquido resbaló hacia el platillo del café. Cuando volvió a servir a su marido, Manele tomó un sorbo y una gota, pendiente de la tacita, cayó sobre su corbata.

–¡Lo que faltaba, justo lo que necesito mañana para salir de viaje! Eres una inútil, siempre te lo digo ¡No vales para nada!

Ella cogió a toda prisa un trapo, que humedeció, para quitarle la mancha.

–Déjalo, habrá que llevarlo a limpiar a la tintorería, por si teníamos pocos gastos este mes. No hacéis otra cosa que gastar y gastar, tú y tus hijos.

Cuando estaba de buenas los hijos eran de los dos. Pero él llevaba razón, estaba gastando demasiado. Tenía que hacerle frente y distraerle del asunto del dinero.

–Perdona, no sé lo que me pasa, estoy algo nerviosa por tu viaje…

Ella vaciló un segundó y después subió el tono de voz.

–Pero si hablamos de inútiles, ¡cuidado!, lo habré aprendido de ti, digo yo.

Se arrepintió de lo que había dicho de inmediato, casi a la vez que salía de sus labios.

–No sé qué me ocurre, aún no te has ido y ya te estoy echando de menos.

–Sí, como la última vez que llamé por teléfono desde Lederia, y me dijo tu madre que habías salido a golfear.

Lederia era la capital del Estado y un importante centro financiero, destino frecuente de ejecutivos de primera fila.

Marcy tuvo miedo, pánico a que comenzara un nuevo episodio de discusión. Manele perdía los papeles con facilidad, era celoso y posesivo, como pensaba ella que eran los maridos que amaban mucho a sus mujeres.

Cada llamada suya tenía que ser contestada para poder controlarla a cada momento. De no ser así qué pensarían los vecinos, decía él, que iba por ahí, libre como el aire, dispuesta para la conquista.

Cada capricho suyo tenía que ser atendido al instante.

El ambiente se caldeó cuando Manele arrojó el café sobre la mesa de un manotazo.

–¡Ala! Vete a fregar y luego lavas el mantel, que no sirves para otra cosa.

Mientras se levantaba, cogió un extremo de la tela con tal fuerza, que el servicio de café salió volando, yendo a caer, con el resto de su contenido, en la alfombra.

Se levantó de la mesa y pisó con rabia las manchas del suelo como queriendo hacerlas desaparecer.

–No te preocupes, no se notará nada de lo sucia que está, tienes la casa como una pocilga, ¡asquerosa!

Encendió un cigarrillo y aspiró con fuerza la primera bocanada de humo, estaba rojo de ira, de sus ojos negros saltaban chispas, mientras rebuscaba en el bolsillo derecho de su pantalón. Estaba vacío. Ya se estaba acalorando, mesándose los cabellos, gesticulando, con ganas de discutir.

–¿Me has quitado el billete que tenía en este bolsillo?

–Me hizo falta para la compra y te lo cogí, pero iba a decírtelo ahora.

Marcy ya sabía que, como en otras ocasiones, las reclamaciones y los insultos podían derivar a cosas peores. Se fue a su dormitorio y, poco después de cerrar y asegurar la puerta, oyó el portazo de Manele. Esa noche no volvería a casa.

Al menos se había librado por esa vez.

 

 

Los niños no se habían enterado de nada. Cuando llegaba el padre ya solían estar durmiendo en su habitación. Pablo y Manu se hubieran asustado mucho de haber oído a su padre vociferar.

–Mamá, ¿estás contenta? –dijo el mayor al día siguiente, mientras desayunaban.

Tenía la costumbre de hacerle aquella engorrosa pregunta.

Marcy disimuló su malestar. Se había colocado una capa excesiva de maquillaje para camuflar la cara mustia, a causa del disgusto, con la que se había levantado.

–Muy contenta, hijo, pero apresuraros, si no llegaremos tarde al colegio.

Mazello era una localidad lo bastante grande como para tener escuelas, una buena biblioteca, iglesia parroquial y ayuntamiento. En éste se habían casado hacía ya diez años, cuando Marcy y Manele contaban veintinueve.

Él había preferido comprar la vivienda en este pueblo, cercano a la ciudad de Greda, una gran población situada en la falda de los Montes del Norte. Los pisos eran más económicos y la vida más tranquila, aunque Marcy temía el aislamiento de los lugares pequeños, acostumbrada como estaba al ajetreo de Greda, la gran ciudad, donde había residido hasta entonces.

Después de dejar a los niños a la puerta del colegio, encaminó su vehículo al centro comercial y lo aparcó, dispuesta a hacer los recados de costumbre. Entró sin titubeos en la gran superficie brillante y dirigió sus pasos, como una autómata, al mismo lugar de cada día.

Llevaba el monedero preparado sabiendo lo que iba a ocurrir, muy a pesar suyo.

Oyó la cantinela de la maquinita en el bar del fondo que reclamaba su atención, atrayéndola sus luces como un imán.

“Hoy voy a tener suerte”. Deslizó por la ranura una moneda tras otra.

–¿Puede darme cambio?

El camarero atendió su petición, y otras diez monedas desaparecieron sin obtener resultado. Tendría problemas para adquirir en el súper todo lo necesario.

Una vez hubo comprado lo más elemental para la comida del día, se dio una vuelta por la zona de tiendas de ropa y complementos.

Tenía que volver a atraer a Manele como fuera. Los embarazos habían dejado unos kilos de más en su cuerpo y, cuando él hablaba de sus compañeras de trabajo, a las que describía como jóvenes atractivas, seguras de sí mismas, no podía evitar una punzada de celos.

Habían decidido, al tener los niños, que ella no trabajara, a pesar de haberse licenciado en Dirección de Empresas, y su vida, como ama de casa, empezaba a parecerle algo insulsa en comparación a la de las colegas de su esposo.

Compró finísima ropa interior y un pequeño vestido negro con escote de vértigo, para completar el modelo también adquirió unos zapatos de tacón de aguja. Acudió después a la peluquería donde se dejó hacer un buen cambio, a base de mechas rojas, sobre su cabello negro largo y ondulado. Regresó a casa, apresurada, para poder cocinar la cena y tener tiempo para arreglarse al detalle.

Manele saldría de viaje el jueves siguiente, y quería sorprenderle y que se fuera con buen sabor de boca.

 

 

Los niños regresaron de la escuela cansados, con la ropa húmeda y fría, porque el otoño ya se anunciaba, y muertos de hambre.

–¿Qué hay de cena, mami? –preguntó Manu, a voces.

El mayor era un brazo de mar, pero el hijo pequeño era el niño más escandaloso del mundo.

Marcy había preparado lo más fácil y seguro para los niños, pasta con salsa de tomate, que devoraron encantados. Después unos yogures y un baño rápido y a la cama.

Eran ya las nueve de la noche y tenía poco tiempo para llevar a cabo el complicado ritual de puesta a punto, depilación, crema corporal perfumada y una base suave para la cara. Los ojos y los labios apenas destacados, no debía notarse demasiado el arreglo. Se enfundó el vestido y se puso los zapatos. Sólo se permitió como adorno unos pendientes dorados de última moda.

Corrió al comedor a preparar la mesa para dos, poniendo una velita en el medio de los dos grandes platos.

Cuando oyó la llave en la cerradura de la puerta de entrada, tembló de incertidumbre.

–¡Ciao, Marcy! ¿Has pasado un buen día?

Había habido suerte, Manele venía de buenas. Quizá, después de haber marchado enfadado la noche anterior, quería arreglar las cosas, en eso se veía lo mucho que la quería, en el poco tiempo que le duraban sus rabietas.

Él se fijó en la cuidada apariencia de ella y le cambió el semblante. Marcy notó que había bebido.

–¿En qué andas metida que te arreglas tanto?

El temor de que todo se arruinara en unos momentos, como había ocurrido otras veces, se adueñó de ella, pero en cambio Manele se aproximó decidido y la abrazó con fuerza.

–No sea que a otro le apetezca lo que es mío.

Marcy escuchó embelesada, sin decir una palabra, lo que le parecieron los elogios mayores que podían salir de la boca de un hombre.

Él se sentó a la mesa, expectante, observando la bien dispuesta vajilla.

–Así que hoy tenemos fiesta…

–Nada del otro mundo, cariño. Unos minutos y empezamos.

Antes de volver a la cocina, Marcy miró a su marido un instante, fascinada por su belleza, su tez morena, sus ojos oscuros, de mirada de acero, su cabello negro ensortijado, largo justo por debajo de la oreja, como a él le gustaba llevarlo.

–Acércame el albornoz.

Cuando ella regresó con la prenda, él se había despojado de su camisa blanca, y su bien formado torso lucía desnudo, arrebatador, sólo surcado por una cadena fina, de oro, con una cruz. Descansaba sentado en la silla, iluminado por la luz titilante de la vela.

Lucía a los ojos de ella como un romántico, magnífico.

Marcy no tardó en presentar una crema templada de verdura y unas tortillas, que acompañó con una variedad de panes y un vino de aguja.

–Los niños, ¿bien?

–Sí cariño, durmiendo como angelitos.

–¡Así me gusta! Las tías buenas de la oficina están bien para lo que están; pero la mujer de uno, esa en casita, que hay mucho perro suelto por ahí, ¿entiendes?

Se levantó, sin tomar el postre, se sentó en el suelo, sobre la alfombra, la cogió de la mano y la arrastró a su lado.

No había ninguna duda de qué era lo que quería y, cuando lo quería, lo quería ya.

Se arrancaron la ropa, el uno y el otro, como dos salvajes, y se revolcaron en el suelo hasta no poder más.

 

 

Cuando se despertó por la mañana, él ya se había ido. En cuanto abrió los ojos le vino a la cabeza la noche de amor que acababa de pasar, y sintió un pico de paz y bienestar que la lanzó fuera de la cama cargada de energía.

Después de algunas tareas rutinarias de la casa y acercar a los niños al colegio, Marcy se reunió con sus amigas en el Café de la Esquina. El jueves era el día que tenían señalado para verse y compartir un buen rato de charla y confidencias.

Le apetecía mucho llegar y reconfortarse del frio con un café bien cargado, con crema y ralladura de chocolate por encima, la especialidad del local.

Había sido una coincidencia encontrarse en el pueblo con aquellas dos chicas, con las que había cursado la escuela secundaria en el instituto de Greda y que habían sido sus amigas íntimas en aquella época.

En Mazello, habían retomado su relación, después de muchos años sin verse, una amistad que acabó conduciendo a que sus respectivas parejas terminaran trabajando juntos, durante un tiempo, en la misma compañía, la multinacional Duxa Limited, y llegaran a montar su propio negocio en común.

A pesar de que la suya era una amistad de altibajos.

Entre Laura e Isabel existía un antagonismo añejo, desde la infancia, que se había acrecentado a raíz de los éxitos de Isabel con los chicos, en la época de secundaria. Marcy era, por entonces, el paño de lágrimas, la mediadora, la que sostenía un difícil equilibrio.

Pero hicieron buenas migas las tres.

Cuando se reencontraron rondaban la frontera de los cuarenta años.

Nada más llegar divisó a Laura, que ya había pedido su café, y se sentó a su lado. Laura no hablaba de otra cosa que de sus hijas. “Una remadre histérica”. Le colocó las últimas aventuras de las niñas como si fueran noticias de primera plana.

–Laura, ¡venga ya!, tus nenas son estupendas, deberías de ser más egoísta y cuidar más de ti misma. Cómprate ropa moderna y atrevida…, si nos descuidamos, en seguida vamos a parecer unas viejas.

Laura vestía de manera muy sencilla, de gran almacén, y Marcy entendía aquella falta de vanidad como el mayor defecto de una mujer.

No era éste el caso de Isabel que, mientras las dos hablaban de las chiquillas, hizo una aparición imponente en la cafetería. Primera hora de la mañana y ya lucía como una modelo: pantalón y chaqueta ajustada, marcando su excelente figura, un discreto y efectivo maquillaje, botas altas con el bajo del pantalón metido por dentro, bolso a juego y la melena rubia, planchada a la perfección.

Las cabezas se giraron a su paso mientras avanzó con seguridad hasta la mesa de sus amigas. Llegó envuelta en una nube de perfume caro, de los que dejan estela.

–Hoy vienes con un estilazo de infarto -le dijo Marcy cuando la otra tomó asiento a su lado.

Isabel fue desprendiéndose con elegancia de la bufanda y de los guantes de piel, y los dejó caer sobre la mesa con parsimonia, deslizó una mano dentro del bolso, rebuscando un cigarrillo. Hasta el suave movimiento de sus dedos manejando el paquetito y su encendedor dorado, producían un halo de magnetismo. Era afortunada, pensó Marcy.

–¡Hola, chicas! ¿Cómo estamos? –interrogó la recién llegada.

Comenzaron a hablar de algunas banalidades, del tiempo, del precio de la cesta de la compra, tal y como solían hacer cuando se encontraban.

–Ha enfriado mucho –dijo Marcy–, voy a comprarme hoy mismo un abrigo, a lo mejor me lanzo y me levo uno de pieles.

–Eso mismo, ¡haces muy bien! Así se enseña a los hombres lo que una vale –dijo Isabel sentando cátedra.

Isabel era tremenda con su pareja, o al menos eso se deducía por su forma de hablar.

–Chicas, ya sabéis, a ellos hay que atarles corto, gastarles el dinero y darles algún susto, y algún capricho de vez en cuando, sin que se acostumbren. Es lo que funciona. Si eres una santa, te convierten en una desgraciada.

Isabel, siempre provocativa, disfrutaba escandalizando.

–Por favor, Isa, qué cosas dices, piensas igual que las abuelitas, ¿has oído hablar de la liberación de la mujer? –replicó Laura.

Era la única que, además del cuidado de su casa y sus hijas, trabajaba como administrativa en un centro social.

–¡Piensa lo que quieras, amiga! Y tú, Marcy, no le hagas caso, que esta chica va camino de que la canonicen.

 

 

El tema de los hombres era recurrente entre las amigas.

Rara era la ocasión en que se reunían que no salía a relucir algún problema con ellos. Todas conocían bien a las respectivas parejas que, un tiempo atrás, también habían compartido trabajo y amistad. Después, los matrimonios dejaron de frecuentarse. Sólo se daban encuentros casuales en el centro comercial o por las calles de Mazello. Encuentros que Manele remachaba, cuando se encontraban con Isabel, con: “Esa amiga tuya está muy buena”, y cosas por el estilo, que se le clavaban a Marcy, como una saeta, en medio del corazón.

Isabel mantenía ya una larga convivencia con su pareja, un maduro bello y exitoso, y se tenía por contenta con ser mantenida, no tenía hijos, ni pensaba tenerlos, se pagaba buena ropa y sesiones de belleza y peluquería.

 

Nada que ver con el gordo oficinista esposo de Laura, la antítesis de la seducción, pero un marido sumiso, seguro, al fín y al cabo.

Por su parte procuraba hablar poco de su vida íntima, y si lo hacía explicaba corto y por encima, haciéndoles ver una existencia rutinaria y medio aburrida.

Nunca se hubiera atrevido a contarles su secreto.

A confesarles lo que estaba pasando, que por su culpa, por no ser lo bastante guapa, o lo bastante lista, no había logrado mantener enamorado a su marido con el paso de los años. Hubiera sido una humillación insoportable.

“No siempre fue así, vivimos una luna de miel de ensueño”. Pero habían llegado pronto las decepciones a su matrimonio.

Estaba abstraída, pensativa.

–Pero Marcy, ¡qué despistada estás!, dime lo que estás pensando, please.

–Nada, Isa, nada…, pensaba en lo del abrigo.

–Que sí, que sí, chica, hoy te lo vas a comprar.

Después de apurar sus cafés, Isabel les propuso dar una vuelta por la ciudad para visitar las tiendas más exclusivas en busca del abrigo.

A pesar de la resistencia de Laura, las tres tomaron un taxi con dirección al centro de Greda.

La ciudad, cercana al millón de habitantes, lucía espectacular aquella mañana, con el grupo de rascacielos del centro financiero, recortados en el azur, rodeados por manzanas de edificios de bella arquitectura y, más al exterior, los barrios modernos que crecían en dirección a las pequeñas poblaciones rurales, cuyas casitas se dispersaban aquí y allá como si hubieran sido depositadas al azar desde el cielo.

Mazello era una de aquellas localidades de extrarradio donde, a su configuración original de antiguas viviendas campesinas, se habían ido añadiendo urbanizaciones de edificios residenciales y chaléts de nueva construcción para las familias jóvenes que huían del bullicio y los altos precios de la urbe.

Se había convertido en el área de mayor expansión de la ciudad de Greda.

El vehículo enfiló a buena velocidad una de las grandes avenidas de acceso a la ciudad hacia la zona del Boulevard, donde se hallaban las tiendas de moda más exclusivas.

Entraron en una peletería, cuya dueña era conocida de Isabel y revisaron todos los modelos.

Sobre el mostrador yacían pequeños objetos de escritorio, de diseño, de lujo, y la máquina de las tarjetas de crédito. En el interior de los muebles, de metal dorado y cristal, descansaban los complementos, resguardados de la codicia de las clientas.

Sonaba una música de piano jazz.

Se quedó como hipnotizada, mirando aquellos artículos tan exclusivos.

–¡Toma ya! Vaya preciosidad… –Laura le mostró un abrigo de visón rasurado color canela que se ceñía con un cinturón.

Lo había cogido de un perchero grande, niquelado, con ruedas, repleto de abrigos de piel de pelo.

Marcy desplegó la prenda, se la puso encima y se ajustó el cinto. Notó que despredía un perfume magnífico. Las amigas la contemplaron embelesadas.

–Chica, llévatelo, ¡Atrévete de una vez! Hace tiempo que lo querías –dijo Isabel.

Laura se mantuvo neutral, el precio del abrigo era de vértigo.

Marcy pensó, por un momento, en impresionar a Manele, con el abrigo por encima de una impresionante lencería de color blanco. Un arma de seducción garantizada.

Quizá le dieran facilidades para pagarlo.

Un poco después, salían las tres del establecimiento, portando Marcy una enorme bolsa con su compra, hablando, animada, de lo bien que le sentaba.

Estaban tan alegres como colegialas viniendo de hacer una inocente travesura.

 

 

 

–¡Marcy! ¡Marcy!

Se giró para ver quien la llamaba y reconoció a Nacho, su antiguo compañero de la facultad. No había cambiado nada, tenía la misma facha de universitario, inquieto, simpático, con el que había compartido muchas horas de clases, de exámenes, de vida que se les abría por delante. Desde aquella época no había vuelto a verle.

Porque, una vez finalizada la carrera, la vida les llevó por caminos bien diferentes.

Se actualizaron en minutos, hablando con la velocidad de los que tienen que recuperar mucho en poco tiempo.

–Ya ves, Nacho, después de tantos años sufriendo a los huesos de la facultad, me metí a ama de casa y madre, ¡fin de la historia! ¿Qué te parece? Una mujer convencional. Manele trabaja y viaja mucho y yo tengo que estar pendiente de los niños.

Le pasó por la mente una imagen de aquellos tiempos: la primera vez que vió a Manele entrando a clase, el primer curso, tan guapo que todas las chicas empezaron a murmurar. Se convirtió en el más destacado, el más popular, sacaba buenas calificaciones sin esfuerzo y tenía un porvenir brillante. Llevaba coche a la facultad, cuando la mayoría de estudiantes iban en autobús, y lucía ropa de marca y gafas de último modelo. Un niño bien, de buena familia.

Manele desataba pasiones y lo sabía, ella quedó enamorada ya el primer día que lo vio. Nada que ver con Nacho, un estudiante del montón, sólo un amigo.

El recién hallado miró a Marcy con entusiasmo y la sacó de su recuerdo.

–Por ti no pasa el tiempo, oye, una ama de casa, según dices, pero que muy, ¡muy atractiva!

El cumplido de un amigo, digno de ser pasado por alto.

–Tú, ¿qué tal? ¿Trabajas?

–En el trabajo me ha ido bien, estoy con los americanos en una multinacional, no puedo quejarme. Pero hace poco que me separé, tuve que dejar mi chalet de casado y comprarme un piso en la afueras, cerca de aquí, en Mazello, tengo un hijo…, es duro acostumbrarse…

Explicó a Marcy que trabajaba hacía poco en Lank Corporate, una mega empresa dedicada a la producción de tecnología, aunque su puesto concreto era en el departamento financiero, uno de los más potentes de la compañía.

–Entonces sabrás que Manele trabaja en la Duxa Limited, también en finanzas, ¿no?

–Por supuesto, Marcy, son nuestros principales competidores. Estamos como el perro y el gato, a ver cual saca el componente tecnológico más avanzado. El negocio es el negocio, pero juego limpio ¿eh?, competencia leal.

Marcy no recordaba que Manele le hubiera hablado de Nacho, quizá no sabía aún que se había metido en Lank Corporate, la recalcitrante rival de la Duxa.

–Pues a disfrutar de la vida de soltero. Mira tú por donde, que me tienes de vecina en Mazello.

–Pero qué bueno, ¡genial!

Nacho siempre tan alegre, de un optimismo contagioso

Los dos estaban concentrados en su charla particular, cuando las amigas, que esperaban a unos pasos de ellos, comenzaron a impacientarse.

–Marcy, ¡pesada! –le reclamó Isabel–, que se nos está haciendo tarde… ¡vamos a perder el autobús!

Despidió a Nacho con tanto por decir, que quedaron con ganas de más conversación.

–Oye, vivimos tan cerca que ya nos encontraremos por el pueblo… ¡Hasta pronto!

–¡Adiós, Nacho!, fue estupendo encontrarte otra vez.

Los dos amigos se despidieron con los besos de rigor y un apresurado revolotear de manos y miradas hacia atrás, mientras los engullía la muchedumbre de hora punta, que marchaba a todo gas por el Boulevard en dirección a su almuerzo.

 

 

Terminó quedándose en la ciudad para visitar a sus padres, después de dejar a Isabel y a Laura en la parada del autobús en dirección a Mazello.

Marcy procuraba visitarles con frecuencia, bien sola, bien acompañada de los niños y, en ocasiones señaladas, también con Manele. Los mayores vivían solos y ella era su única hija, desde que se casó siempre había sentido la responsabilidad de que no la echaran de menos.

–¡Marcelina, hija! ¡Qué alegría verte por aquí!

Los padres nunca se acostumbraron a usar el apodo, y Marcy nunca se acostumbró a su nombre de pila, María Marcelina.

–¡Hola, mamá!, vine de compras y se me ocurrió pasarme por aquí a veros, hoy que tengo tiempo. Papá, ¿no está en casa?

–Sí, hija, Y tú, ¿ya comiste?

–Ya tomé un sándwich y un refresco antes de venir, pero me encantaría una taza de café.

Había tomado la precaución de entregar la bolsa, con el abrigo, a Isabel, una bolsa negra, brillante, con la palabra peletería en letras doradas, que no pasaba desapercibida. Tuvo miedo de que su madre, si veía la bolsa y el abrigo, le pusiera pegas.

Entraron las dos en la salita donde estaba el padre, sentado a la mesa redonda, ante un humeante y negro cafecito. Su madre siempre utilizaba unos preciosos juegos de café, de porcelana china, que le regalaron en sus bodas, y que conservaba en una vitrina acristalada.

–Hija, ¡qué sorpresa!, ¿qué tal están mis nietecitos?

En la vida había sido tan cariñoso con ella, su propia hija.

–En el colegio, papá. Este es el primer año que se quedan allí a comer, y ahora tengo más tiempo libre, podré venir a veros con más frecuencia.

–¿Y Manele, hija?, ¿dónde está?, ¿de viaje? –preguntó la madre mientras le servía el café.

Marcy endulzó su café con sacarina.

–Sí, de viaje, esta vez estará fuera una semana, en Brexals, regresará el próximo jueves, se me hace muy largo, mamá.

–No me extraña…, es que Manele es tan trabajador, una joya de niño. Qué suerte has tenido de atraparlo. ¡Y tan guapo! –dijo la madre mientras tomaba un sorbo de café, sujetando la taza con el meñique estirado.

Amelia siempre abogaba por él. Hacía un tiempo que Marcy le había dejado entrever el carácter violento de Manele, pero la madre evitaba ponerse en contra de su yerno. Le decía: “Hay que aguantar, hija, la vida es dura, ¿qué harías tú sóla, sin él con dos niños pequeños? Tú, sé complaciente, cariñosa, ese genio se acabará suavizando, ya sabes que te quiere mucho”. Y cosas por el estilo.

El padre siempre había sido más prudente,